jueves, 29 de julio de 2010

Todas son Aminatu




GUINGUINBALI LAURA GALLEGO

Las Palmas de Gran Canaria 28/07/2010

Hace unos meses, la tenacidad de la saharaui Aminatu Haidar, quien mantuvo una huelga de hambre durante 34 días en el aeropuerto de Lanzarote que llegó a exasperar a las autoridades, despertó tambien el asombro de muchos. ¿Hasta dónde era capaz de llegar esa mujer? ¿Estaba dispuesta a todo?. Pero lo cierto es que no tuvo nada de particular; no se trata de alguien con una capacidad de entrega fuera de lo común. No, al menos, allí de dónde ella viene. Cualquier mujer en El Aaiún podría ser Aminatu. Ellas, que, al mismo tiempo, son como cualquier mujer. Que también se quedan sin palabras cuando hablan, como madres, del sufrimiento de sus hijos.

“Estábamos durmiendo y la policía entró rompiendo la puerta, nos pegaron a todos y se llevaron a mi hermano; a mi padre le dio un infarto y ya nunca volvió a salir del hospital; murió tres años después. De mi hermano no hemos vuelto a saber nada”. Mientras Nona Alkotab se remonta, con su relato, a una fatídica noche de 1992, otras mujeres entran y salen de la habitación cargadas de dulces, zumos y leche. Marruecos dice que esta no es la casa de los saharauis, pero su hospitalidad es abrumadora.

Hoy, quienes reciben a GuinGuinBali en una vivienda del barrio de Matala, en El Aaiún, son todas mujeres. Y algún hombrecito que todavía está aprendiendo a andar. Pero que ya ha presenciado una carga policial, ha vivido la angustia del encierro, ha visto con sus ojos el dolor de los heridos. Y que quizás algún día acabe, como los hijos de alguna de nuestras anfitrionas, en prisión.

¿Quieren saber cómo se sienten ellas ante esa situación?. “Es un dolor en el corazón que no se puede explicar con palabras. El sentimiento de cualquier madre que ve como golpean a su hijo, te parte en dos”. ¿Creen ustedes entonces que deberían plantearse apartarlos de la lucha, al menos, cuando son pequeños?. “No, no, nosotras queremos que sigan el camino de sus padres y de sus abuelos, que continúen la lucha; porque aquí, cuando un niño abre los ojos, ya ve que le falta su padre, o su hermano o su primo; no hay ninguna familia saharaui que no tenga a alguien desaparecido o encarcelado ¿cómo nos vamos a echar atrás?”. Es lo que ellas contestan, con una mezcla de tristeza y firmeza en la mirada difícil de entender, a lo mejor; pero que es imposible no respetar.

Sus historias son las de mujeres al frente de una contienda pacífica sólo por parte de uno de los bandos, el suyo -la que no tiene cicatrices en la pierna enseña una encía pelada- y que a la vez, son madres. Se encargan de inculcar a sus hijos, desde que empiezan a dar sus primeros pasos, el orgullo de seguir un camino iniciado por sus padres y abuelos. Aunque después tengan que esperar 4 o 5 horas bajo el sol para visitarlos en una prisión de mala muerte; tengan que ver como les comen los bichos porque, según cuentan, ahí dentro, apenas se duchan una vez al mes; duermen en el suelo, comen lo justo para mantenerse en pie y de vez en cuando “pasan semanas en una habitación a oscuras, a solas” o “les pegan delante tuya por cualquier razón”. “Aquí hay mucha gente tocada de la cabeza, que han salido enfermas de la cárcel, por las torturas”, apunta Wally, el traductor.

Mahjaba Balla cuenta ya los días. Su hijo, Mouhamed Barkan, condenado el pasado mes de septiembre, saldrá en libertad, en teoría, dentro de dos meses. Lo han defendido dos abogados españoles. Lo que no podrá ya es seguir estudiando. Al de Taslem Daoudi le queda algo más; su condena es de cinco años. No era la primera vez que lo detenían, pero normalmente, según cuenta su madre, pasaba unos días en comisaría y regresaba a casa. Esta vez, le pillaron haciendo fotos de una manifestación desde un tejado. “¿Sabes qué hicieron? Los mandos superiores prendieron fuego y le dijeron que tenía que saltar, que le cogerían; pero se apartaron y cayó de bruces contra el suelo; se rompió los brazos y las piernas, y aún no puede andar; además, se quemó la cara”, cuenta Daoudi, quien aún guarda la ropa que llevaba su hijo ese día; “está negra y roja, de la sangre”.

Dicen que lo peor de las visitas a la prisión es la incertidumbre. Cuando pasan semanas sin saber de ellos. “Cuando eso ocurre, es horrible, porque sabes que pueden haberle matado; vives pensando que en cualquier momento puede suceder; le tiran a un río y el próximo día, cuando preguntes por él, te dirán ¿Mohamed? ¿Qué Mohamed?”.

Así lleva Alkotab desde 1992; preguntando por su hermano Aikoto Balhafad sin obtener respuesta. Sólo, de vez en cuando, según nos cuenta, su familia recibe una llamada de la policía que les ofrece dinero a cambio de que firmen el acta de defunción y se olviden de él. “Te lo dicen por teléfono, no envían una carta para que no tengamos pruebas; pero no queremos dinero, queremos saber qué le ha ocurrido”. La última noticia de que estaba vivo llegó, al parecer, en 1997. Desde entonces, silencio.

Como Balhafad, hay miles de saharauis desaparecidos, según sostienen ellos. La ONU reconoce más de 500 casos. El último fue el pasado 28 de abril, cuentan por aquí. Mohamed Dehani, hermano de otro chico que estaba detenido, salió ese día de casa y aún no ha regresado. La policía dice que no sabe nada.

Nunca saben nada; pero aún así, todas las presentes hoy creen que los saharauis no deben dejar de denunciar nunca. Aunque se la jueguen. Creen que hay que romper esa regla no escrita de un silencio basado en el miedo; ellas mismas lo intentan cuando van a visitar a sus hijos a la cárcel. Aunque ahí callan rápido a todo el mundo. “Por ejemplo, si ahora intentamos contarles que han estado aquí una delegación de extranjeros, o que ha habido una manifestación, nos golpean, a ellos y a nosotros; o si ellos intentan decirnos algo de lo que viven dentro, también”. Muchas veces, al parecer, los chicos desesperan. Alegan que ya están entre rejas por defender una causa ¿cómo van a castigarles de nuevo por algo que ya están pagando?. “En los juicios también lo dicen muchas veces, que no les van a meter en prisión dentro de otra prisión, que si están ahí por decir lo que piensan lo van a seguir haciendo, pero a los marroquís les sienta fatal, empiezan a golpearnos a todos”.

No crean ni por un momento que algo de esto les hace flaquear. “Si ves que a tu hermano le pagan por una causa, tú también vas a hacerlo, y estamos orgullosas de nuestros hijos; no son delincuentes, no han robado ni han matado a nadie, no nos avergüenza que estén en la cárcel, al revés; sólo piden lo que es suyo”.

Puestas a soñar un futuro para ellos, querrían verles “enarbolar la bandera de un Sahara libre, sólo eso. No pedimos nada más, y no pedimos nada que no sea nuestro. El Sahara es de los saharauis, y es lo único que pedimos”.

¿Y si llegaran a empuñar las armas para conseguirlo, cambiarían de opinión? “El que toma la decisión es el Frente Polisario; nosotras queremos la paz, en todo el mundo. Pero también ser libres. Si es sin guerra, mucho mejor, pero si hay que hacerlo con la fuerza, se hará con la fuerza; derramaremos hasta la última gota de sangre que tenemos, todos, hombre y mujeres, todos”.

Es totalmente cierto que aquí, las mujeres están en primera línea. Y reciben los mismos palos. “Es algo que esperamos, desde que entró Marruecos con la famosa Marcha Negra, que ellos llaman Marcha Verde, es lo único que hemos recibido de ellos, golpes y torturas”, apunta una de ellas. Según los hombres -que alguno ya se ha sumado a la reunión, y andan comiendo unas pastas con te- “en otros pueblos la mujer no hace nada, pero aquí tiene la misma importancia, pensamos que lo que hace el hombre lo puede hacer la mujer”.

Minatou El Moussaouni es buena prueba de ello; pasó diez años en la cácel, desde 1981 a 1991. La detuvieron junto a su marido al llegar al Aaiún. ¿La razón? Tener contacto con miembros del Frente Polisario en París, donde vivían. Sus cuatro hijos, de 2, 4, 6 y 10 años, se quedaron con su abuelo, pobre y anciano. “Tenían un buen nivel en Francia, pero no hablaban bien el árabe y al de diez años, por ejemplo, lo metieron en el primer curso; les afectó mucho. Sí, les robaron el futuro, y a mi la juventud”, cuenta. Sus vivencias en prisión son como las de cualquier hombre. Pero no quiere entrar en detalles porque, a su modo de ver, “eso no es lo importante, porque no me ha pasado solo a mi, sino a muchas familias. Y lo importante es que el mundo sepa que hay todo un pueblo sufriendo esto”, sostiene.

“Aunque la última que quede sea una mujer impedida, luchará hasta que no quede un sólo saharaui”, prosiguen ellas, “pero lo que esperamos es que los que llegan ahora sigan el mismo camino. Y que las asociaciones de derechos humanos sigan denunciando lo que pasa aquí. Nosotros queremos la paz, pero no sin libertad. No nos vamos a rendir tampoco”.

“Todo el mundo sabe que el Sahara no es marroquí, pero todo el mundo pasa, eso es lo que más nos duele. Y España es responsable, aunque Marruecos sea el culpable”, continúan argumentando. Sólo esperan, aseguran, que "España haga su parte, que es reconocer la República Árabe Saharaui Democrática, nada más. Sabemos que está la pesca, el fosfato, el petróleo, tiene muchos intereses con Marruecos. Pero es que eso es del Sahara. Si sales a la calle, sólo vas a ver marroquis trabajando, mientras nosotros muchas veces tenemos que emigrar para buscar un futuro".

"Nosotros no queremos dinero, queremos la verdad".

¿Y no es mucho esperar que el gobierno de España renuncie a los intereses económicos y haga lo que es justo, en este mundo en el que vivimos?, les planteamos. “Es su obligación” contestan, impertérritas. Como si con eso bastara. A lo mejor es que en su mundo sí. Un mundo de principios donde la palabra justicia se llena de significado cada día. Aunque en otros lugares sea poco más que una entrada en el diccionario.

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