martes, 27 de octubre de 2015

#SOSSAHARA Testimonio desde los campamentos saharauis en Tinduf (Edi Escobar)

Foto: Cadena SER
El lunes 19 un equipo de la Asociación de Amistad con el Pueblo Saharaui de Sevilla se encontraba en Dajla, uno de los campamentos de refugiados saharauis en el desierto argelino, en Tinduf. Bajo un aguacero que no paraba desde hacía días y en situación de alerta, intentábamos realizar nuestro trabajo con un colectivo de mujeres que sufren anemia y desnutrición, un proyecto que apoya la Agencia Andaluza de Cooperación Internacional para el desarrollo. Había llegado también la comisión sanitaria de Granada. Dormíamos en Protocolo, el centro donde se alojan las personas extranjeras. Las que convivíamos allí acabamos esa noche apiñadas en el centro de una habitación, rodeadas de caños de agua y sufriendo por lo que pudiera estar pasando en el exterior.
La lluvia no dio tregua y la mañana confirmó nuestros temores. Dajla estaba arrasada y el 80% de las casas afectadas. La de Jnaza, la coordinara sanitaria del proyecto, fue una de las primeras en derrumbarse. Pero los mayores decían: “Todo se va a caer, todo”. Caminando entre las jaimas, se escuchaban los golpes secos del colapso de tejados y muros. Caían bruscamente, mientras junto a ellos las familias desmontaban sus casas para subir a la parte alta de la wilaya a resguardarse. El temor era que el río cercano a Dajla, hasta entonces un cauce seco, pudiera desbordarse e inundar todo el campamento como en los setenta. El hospital estaba inaccesible, más tarde montarían uno de campaña, y el generador que da electricidad a la wilaya no funcionaba. No había luz desde hace dos días y ya casi no nos quedaban baterías en los equipos para documentar lo que estaba pasando. En los campamentos saharauis cortan preventivamente la luz, ya sea de la red o del generador, cuando empieza a llover y a formarse charcos. El cableado va por el suelo, empalmado en la mayoría de los tramos por el desgaste del implacable clima y el paso de los coches. Con el agua se producen cortocircuitos, descargas eléctricas y accidentes; y hay que suspender el suministro para evitarlos. Las necesidades vitales están cubiertas al mínimo, por eso es difícil responder ante una crisis como esta.
En los campamentos las lluvias torrenciales son cíclicas y cuando llegan a este desierto invivible, donde el calor supera en verano los 50 grados, despiertan sus ríos dormidos cuyos cauces normalmente secos están poblados de jaimas. La gente asustada recuerda estos días las grandes inundaciones del 82, del 94 y de 2006… y esa lluvia de tres días, como la llaman, que por ejemplo el año pasado destrozó colegios y jaimas en El Aaiún. Las inundaciones de ahora están siendo peores y todavía no se sabe cuándo parará la lluvia. Aunque se siguen valorando los daños, ya hay una primera conclusión: en muchos lugares habrá que recomenzar de cero.
Había empezado a llover con fuerza y de forma constante el viernes 16 de octubre. Ese fin de semana el agua castigó especialmente a Auserd, arrasando casas de adobes, jaimas y los casi vacíos almacenes de alimentos. También El Aaiún estaba en alerta. Sidahme, el conductor que nos apoya en el trabajo diario, nos había llamado desde la jaima de su madre. Su padre murió hace poco y tiene hermanos pequeños. “No quiero dejarlos solos. Están avisando del peligro”. Los micrófonos de las dairas alertan de que amenaza de nuevo la tormenta, por lo que piden a las familias que no se separen, que protejan sus enseres, básicamente sus mantas, y que las personas que no sean necesarias en las casas acudan al ayuntamiento para ayudar en otras emergencias. La vida cotidiana se había paralizado.
Después del siniestro de Dajla, del miércoles al jueves les tocó el turno a Smara y Bojador. En la wilaya más grande de los campamentos, Smara, gran parte de las dairas de Farsia, Echderia y Hausa, cercadas por el agua, se estaba desmoronando y la gente corrió con lo que pudo a protegerse a las montañas. Los tejados de zinc, como derretidos, salpicaban de gris el paisaje desolador de Bojador tras la riada. Allí, esa noche, se había abierto un paso en el dique que rodea las jaimas y el río salvaje había atravesado en unos minutos la wilaya, arrasando todo lo que encontró a su paso. El nuevo y colorido mercado creado por los jóvenes a la entrada de la antigua
Escuela de Mujeres 27 de Febrero parecía un decorado cinematográfico. Apenas resistían algunas paredes y, ante el peligro de nuevos derrumbes, los muchachos gritaban para alejar a los niños que intentaban colarse entre las grietas. Dos calles más allá, otro grupo de chavales rebuscaba entre los restos de una tienda intentando rescatar del barro y el agua unos botes de zumo. Las familias, las que podían, colocaban plásticos en las fachadas de sus habitaciones; intentando proteger los muros que todavía aguantaban. Si los bloques no se siguen mojando, quizás puedan salvarse. Aunque cuando el sol salga también hará estragos en estos castillos de arena, levantados con adobe pobre y sin cimentación.
La situación es de emergencia. En las zonas más afectadas la gente necesita lo más básico, empezando por pan, agua para beber y un techo que les proteja. Hay que arreglar de forma urgente las infraestructuras destruidas, especialmente las carreteras, cuyo deficiente estado va a complicar de forma importante las distribuciones. Después harán falta otras ayudas para dar una mínima cobertura a las familias refugiadas. “Es terrible”, dicen voces saharauis y extranjeras en todos los rincones de los campamentos. Sí, es catastrófico, es una catástrofe humanitaria; pero sobre todo, es una catástrofe humana. Las lluvias constantes han arrasado las wilayas por la precariedad de la vida en el refugio, pero las familias no han llegado hasta este inhóspito desierto arrastradas por las lluvias. Están aquí porque su tierra está ocupada militarmente y porque la comunidad internacional es incapaz de cumplir sus propias leyes, sus propios acuerdos. Vivimos en un mundo salvaje, donde se impone la ley del más fuerte. Desde la montaña de Dajla, desde su jaima mojada y desagarrada, con la voz rota por la humedad y el frío, protegida solamente por el calor de su familia, sus hijos, hija, sobrinos, sobrinas, hermanas… que se arremolinan para compartir el único techo que conservan, Jnaza me dice “ten cuidado”. Ella se preocupa por mí y yo sólo puedo responder: ¿Dónde hemos escondido nuestra dignidad?

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