domingo, 23 de agosto de 2015

#MariemHassan La Voz del Sáhara que jamás se apagará. Público

Público.es. Posos de anarquía (David Bollero) 22 ago 2015
Hoy ha muerto Mariem Hassan. Su productor de Nubenegra, y sobre todo amigo, Manuel Domínguez me lo ha comunicado por la tarde y las redes sociales han comenzando a llenarse de muestras de cariño y afecto. La Voz del Sáhara nos ha dejado.
Conocí a Mariem en 2009. Escribía un reportaje para Interviú sobre la integración de los saharauis en la sociedad española, la misma cuyos Gobiernos y monarcas llevan cuatro décadas traicionándoles. Quería contar con el testimonio de Mariem, a la que admiraba por el modo en que encarnaba los grandes valores saharauis, pero además, se dio la circunstancia de que en septiembre de aquel año un grupo de marroquíes la agredieron en un bar de Antón Martín mientras desayunaba.
“Comenzaron a insultarme, a decirme que nos íbamos a morir todos en el desierto y que ellos iban a violar a las chicas saharauis”. Así me contaba cómo, por el simple hecho de estar desayunando vestida con su melfa -traje típico saharaui- aquellos tipos buscaron el enfrentamiento. La cosa quedó en nada. Una experiencia más en el haber de Mariem con la que seguir labrando su espíritu inquebrantable, aquella fortaleza que cualquiera que se parara dos minutos a hablar con ella enseguida percibía.
No soy el más indicado para hablar de Mariem, tan sólo soy uno más y, precisamente, en eso radica lo extraordinario, en que soy uno de los muchísimos “uno más” a los que la Voz del Sáhara dejó marcado. Cuando la conocí ya había comenzado a librar la batalla contra el cáncer, con la herida aún abierta por la muerte de su amado Baba Salama, su guitarrista fallecido en 2005 por leucemia. Se encontraba en plena grabación de un disco y no dudó en hacer un pequeño alto en el camino, frenético porque en unos días partía para por uno de aquellos festivales de todo el mundo a los que llevaba la causa de su pueblo.
Allí estábamos, en los estudios de Nubenegra de Tirso de Molina, una auténtica leyenda del activismo y la cultura y un juntaletras que, consciente de a quién tenía delante, sólo quería no defraudar. Pero defraudar era imposible; bastaba con ceñirse a contar su historia, era suficiente con transmitir cómo cada actuación que realizaba, cada disco que grababa era una reivindicación.
Cada canción que entonaba Mariem era infinitamente más efectiva que cualquiera de las minas antipersona de fabricación italiana y española con las que Marruecos tiene sembradas las inmediaciones del Muro de la Vergüenza en un territorio ilegalmente ocupado. Y era más efectiva porque cada nota que salía de aquellas prodigiosas cuerdas vocales detonaba al instante y su onda expansiva era demoledora con la ruindad de Mohamed VI, con la complicidad de los sucesivos Gobiernos españoles, con la traición de Juan Carlos I y ahora la connivencia de su vástago Felipe VI. Ya saben, dos sextos de tres al cuarto.
Mariem tenía su campamento base en Sabadell desde 2002 y era desde allí desde donde viajaba por todo el mundo contando la vergonzante inacción de la Comunidad Internacional con el pueblo saharaui. Pero, como digo, aquello era un campamento base, porque su corazón y su alma nunca dejaron de lado las dunas. Jamás he conocido a un saharaui que haya conseguido salir del Sáhara y no haya intentado regresar a la mínima de cambio. Mariem no era una excepción y, de hecho, hasta en cinco ocasiones regresó con el mismo propósito: dar a luz. Allí, en el campamento de refugiados de Smara, rodeada de los suyos y bebiendo la savia de sus raíces, trajo al mundo a sus cinco hijos. Unos hijos cuya primera entrada en este mundo ya se convirtió en su primer acto de activismo, de esperanza, de dignidad.
Smara, donde Mariem despertó cinco nuevas vidas, ha sido el mismo escenario en el que la suya propia se ha apagado hace tan sólo unas horas. Sin embargo, su voz, la Voz del Sáhara, jamás se podrá apagar. Ya no. Nunca… y aunque hoy todos los que tuvimos el privilegio de conocer a Mariem tengamos el corazón quebrado, estoy convencido de que algún día, bajo ese cielo saharaui cuajado de estrellas -el más hermoso que he visto en mi vida-, bailaré con mis hermanos y hermanas saharauis al son de Mariem, mojando mis pies en la playa de Dajla, recogiendo la cosecha de arte que ella misma sembró durante toda su vida.
Shukran.

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