lunes, 3 de noviembre de 2014

Del nombre de los saharauis (I) Pablo-Ignacio de Dalmases

Pablo-Ignacio de Dalmases: Periodista, doctor en Historia y colaborador docente de la UOC
“(Del ár. ṣaḥrāwī, gentilicio de [aṣ] ṣaḥrā'u l-kubrà, el gran desierto, el Sahara).1. adj. Perteneciente o relativo al desierto del Sahara. 2. adj. Perteneciente o relativo al antiguo territorio español del Sahara. 3. com. Sahariano”. Hasta aquí, las definiciones canónicas que la Real Academia de la Lengua da de este gentilicio hoy plenamente aceptado, de uso generalizado en la literatura y en los medios de comunicación y claramente definitorio, de modo muy particular en su segunda acepción.
Sin embargo, el término, de origen árabe, como la propia institución reconoce, es relativamente reciente, lo que puede deberse a la propia denominación que se dio en sus inicios al territorio ocupado por España en 1884, que fue la de Río de Oro y no Sáhara. Y es que, pese a que años más tarde Enrique D’Almonte, que había recibido en 1913 el encargo de la Real Sociedad Geográfica de llevar a cabo una exploración en profundidad del “extenso país que por acuerdo unánime de la Real Sociedad Geográfica, sancionado por la opinión pública, es conocido bajo el nombre de Sáhara español” (D’Almonte, 1914, p. 9), la utilización práctica de este término no se generalizó como de uso común sino más tarde.
Emilio Bonelli, primera autoridad española en la zona, fue designado en 1885 “comisario regio de la Costa Occidental de África” y Francisco Bens, en 1904, gobernador de Río de Oro, aunque en sus 22 años de permanencia en tal cargo fue variando la denominación del mismo. En todo caso, cuando Manuel García Prieto presentó en 1910 el informe a las Cortes como titular de la cartera de Estado, de la que dependían entonces las colonias, dedicó el capítulo III a “El Sáhara Occidental (Río de Oro)”, identificando ambos conceptos geográficos en uno sólo.
Fijados los límites definitivos de las respectivas zonas de influencia de España y Francia en el convenio de 1912, el gobierno de Madrid consideró durante muchos años que sus posesiones en la costa occidental estaban constituidas por tres territorios sin solución de continuidad, pero de distinta condición jurídica: la colonia de Río de Oro, una zona septentrional de plena soberanía, entre el cabo Bojador y el paralelo 27º 40’ de latitud norte, que correspondía a la región de Saguia el Hamra, pero que inicialmente fue conocida, sólo ella, como “Sáhara”, y la franja comprendida a su vez entre la línea fronteriza citada y el río Draa que, aún perteneciendo geográfica y humanamente al gran desierto, fue considerada erróneamente como parte del sultanato y calificada como “zona sur del Protectorado de España en Marruecos”.
La ocupación de Ifni obligó a crear un ente administrativo que asumiese competencias sobre el nuevo enclave y, a la vez, sobre los territorios saharianos, ente que tuvo diversas denominaciones (Inspección de los territorios españoles de la costa occidental de África, Gobierno Político-Militar de Ifni-Sáhara y Gobierno –a partir de 1949 Gobierno General- de África Occidental española. Sólo con la segregación de Ifni y Sáhara y su conversión en sendas provincias por el decreto de 10 de enero de 1959, cada uno de estos territorios se transformó en una entidad jurídica independiente y en el caso del Sáhara ‒y desprendido de la zona sur del protectorado por el acuerdo de Cintra de 1958, en cuya virtud le fue entregada ésta última a Marruecos‒ unificó definitivamente las regiones de Río de Oro y Saguia el Hamra.
Todas estas consideraciones pueden parecer baladíes, pero no lo son. Porque si los habitantes del territorio no se definían de forma diferente a la de miembros de su propia tribu y la potencia administradora no les caracterizaría con un adjetivo común sino hasta más tarde, ¿cómo eran conocidos entonces los habitantes de los territorios españoles situados entre el cabo Blanco y el paralelo 27º 40’ y, por extensión, también los de zona que llegaba al río Draa?
Recordemos que, antes de la llegada de los europeos, los africanos se definían a sí mismos como miembros de tal o cual tribu, estuviera donde estuviese asentada ésta; pero a partir de la colonización, dicha adscripción social se territorializó, porque las autoridades de ocupación se preocuparon de asignar a las poblaciones nativas identidades basadas en su pertenecía a una administración concreta, segregándolas de individuos de su misma tribu, pero administrados por otra potencia. Este hecho influiría decisivamente en los procesos de independencia, que se realizaron sobre territorios cuyas fronteras eran las directamente herederas del reparto colonial y, o dividían arbitrariamente colectivos homogéneos, o no tenían elementos suficientes para cohesionar adecuadamente a los habitantes de un mismo territorio. A falta de otros factores de identificación común, se pretendió en muchos casos la destrucción de todo rastro de estructura tribal, dejando a las sociedades nativas inermes ante las satrapías de cualquier iluminado o la dictadura de cualquier partido que se autocalificase de representante único de la sociedad local; aunque en otros, el tribalismo subyacente fue tan fuerte que creó abismos insalvables y guerras sangrientas entre los habitantes de un mismo país. ¿Se puede hablar, hoy por hoy, de una verdadera nacionalidad nigeriana, ecuatoguineana, malinesa, camerunesa, centroafricana, tanzana, ruandesa o burundesa, cuando esos mismos adjetivos son en sí mismos verdaderos neologismos?
Por lo que respecta al Sáhara, y como subraya Alejandro García (2001), si bien la administración colonial respetó la estructura social tradicional, lo cierto es que dio lugar a la aparición de un nuevo concepto, que en este caso fue el de saharaui. Hernández Moreno se pregunta sobre el origen del gentilicio, que dice “es reciente” porque a los saharauis “no siempre se les ha denominado así. Los primeros colonizadores les llamaban moros o indígenas, 'raza desgraciada', 'desgraciados', 'indolentes', 'feroces', 'salvajes', 'salvajes del desierto', aunque también refiriéndose a la raza la califican de 'raza varonil, sagaz e inteligente', nunca saharianos, ni saharauis. Desde una posición de superioridad cultural, todavía en los años 30 se sigue afirmando que son gentes salvajes, de gran brutalidad, embusteros e interesados, aunque se les empieza e denominar moros saháricos, tribus saharianas o gentes sahareñas. Con la conquista y el trato más cercano se empieza transmitir un perfil más dulcificado y no tan feroz, ahora son 'árabes inteligentes', 'hospitalarios beduinos', 'valientes nómadas' o 'serviciales beduinos', denominándole saharauis o incluyéndoles en las tribus 'saharianas' por excelencia”.
Así es en líneas generales. Si repasamos la bibliografía disponible observaremos que, por ejemplo, Bonelli (1887) habla en sus memorias de “habitantes”, “indígenas”, “moros” o “musulmanes”, si bien distingue entre ellos a los residentes en la zona costera, a los que denomina “moros de la costa”, cuya vida define como particularmente miserable. Esta segmentación del colectivo local la encontramos también en otros autores, sorprendidos por la particular indigencia de los habitantes del litoral atlántico. Y así aparece el término de “moros de marea”, que utilizan Francisco Coello (1887), José María Folch y Torres (1911; “moros saharianos de marea”) e incluso, muchos años después, Federico García Sanchiz (1943).
Joaquín Costa (1886) se refiere a los “saharianos (o zahareños, como escribe el Sr. Fernández y González)” y Eduardo Lucini (1893) habla asimismo siete años después de “saharianos”. El ya citado Enrique D’Almonte (1914), a lo largo de la memoria que escribió por encargo de la Real Sociedad Geográfica, se refiere con habitualidad a los "moros", aunque a veces los adjetiva como "moros nómadas" o "moros saháricos" para diferenciarlos de los de otros lugares.
Finalizada la guerra civil, se acometió en los años cuarenta del siglo XX una ambiciosa campaña de investigaciones a cargo, inicialmente, del Instituto de Estudios Políticos y luego del Instituto de Estudios Africanos, que llevó al Sáhara a numerosos expertos y dio lugar a una copiosa bibliografía. Es entonces cuando empezó a aparecer el neologismo.
Para saber más:
Bonelli, Emilio (1887). El Sáhara. Descripción geográfica, comercial y agrícola desde cabo Bojador a cabo Blanco, viajes por el interior, habitantes del desierto y consideraciones generales. Edición Oficial del Ministerio de Fomento, Tipolitografía Plant e hijos, Madrid.
Coello, Francisco (1887). “Sáhara occidental, conocimientos anteriores”, Boletín Sociedad Geográfica de Madrid, 1er semestre.
Costa, Joaquín (1886). “Agricultura, oasis artificiales”, Revista de Geografía Comercial, Madrid, nº 25-30, julio-septiembre.
D’Almonte, Enrique (1914). Ensayo de una breve descripción del Sáhara español, Publicaciones del Boletín de la Real Sociedad Geográfica, Madrid.
Folch y Torres, José Mª (1911). África española, Establecimiento editorial de Antonio Bastinos, Barcelona.
García, Alejandro (2001) Historias del Sáhara, el mejor y el peor de los mundos, Catarata, Madrid.
García Sanchiz, Federico (1943) “En el nombre de Dios, clemente y misericordioso (El Sáhara Español). IX. No el dominio terrestre, sino el marino”, ABC, 21 febrero.
Lucini, Eduardo (1893). “Fantasías africanas. La factoría española de Río de Oro”, Revista de Geografía Comercial, nº 121, septiembre. 

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