sábado, 12 de abril de 2014

La policía de la administracion de ocupación marroquí detiene y tortura en El Aaiun al joven saharaui Jaafar Carcoub Hmad




*Texto: Cristina Martínez Benítez de Lugo    Fotos: Radio Maizirat
A Jaafar Carcoub Hmad, saharaui, le detuvieron a las 12 h. de la noche, cuando paseaba por el puerto de El Aaiún, cerca de un almacén de sardinas.
Jaafar es sobrino del conocido activista de derechos humanos Hmad Hammad. Hmad sabe bien lo que son las torturas marroquíes y la persecución sistemática de su persona. Todavía hoy padece secuelas de aquellas torturas que le infligieron. Ha sido operado de las vértebras, tiene dolores enormes. Ser sobrino de Hmad no es buena tarjeta de presentación.
A Jaafar, le cogieron entre cinco o seis gendarmes marroquíes diciendo que intentaba quemar los almacenes. Le olieron las manos y decían que olían a gasolina.
Le llevaron a la comisaría de la playa. Nada más llegar, le pegaron con un ladrillo en la cabeza, y perdió el conocimiento. Luego le metieron en un cuarto de baño repugnante y le dieron golpes y patadas. Fue una paliza organizada, colectiva. Le pegaron con zapatillas en la cara. Le dieron patadas en la cabeza con la punta de las botas, y también se la pisaron. Le pusieron contra el suelo y le saltaban encima de la espalda como si estuvieran sobre un colchón. Se turnaban. Después alguien mandó que le dieran la vuelta, y siguieron saltando sobre el pecho. Estaba esposado de manos y pies, lleno de sangre. Se hizo encima todas sus necesidades. No consintieron en cambiarle, ni en darle agua.
Él chillaba. “Chilla, chilla, que no te oyen”. Una persona con bigote le dijo: “¿Tú sabes que muchos de los que han estado en esta celda como tú, no han vuelto a dar señales de vida? Algunos lograron salir, y otros, por desgracia, no”.
Cuando le detuvieron, había una persona con él que huyó y avisó a la familia. Su tía fue a la comisaría y le dijeron que no era nada, una riña que había tenido. Su tía sabía que no era una riña. Cuando se fue, comentó el gendarme “estos nativos, que incultos son, se lo creen todo”.
Le pegaron toda la noche. Le dejaban descansar un poco y volvían a pegar. Se divertían con él. A las 5 h., le dejaron tirado en el suelo y se fueron un rato a tomar sus cosas.
Le llamaban separatista, le insultaban, le escupían.
Jaafar sangraba por los ojos. No podía protegerse la cara. Le rompieron la nariz, una ceja. Le duele todo, codos, rodillas, cabeza, espalda, sobre todo la espalda. No se puede mover.
Jaafar comenta lo que sintió. Le sorprendió la enorme crueldad de los gendarmes, dando esos golpes de odio, de maldad. No tienen miedo. Saben que están protegidos.
Le interrogaban, pero antes de que pudiera contestar, le volvían a golpear. Pregunta - golpe. Le preguntaban por gente que no conocía, que qué hacía en El Aaiún (Jaafar lleva sólo 3 meses en El Aaiún), que cuál era su relación con su tío Hmad.
Jaafar les dijo: “Esperad, que falta poco para la ampliación de la MINURSO”. “Toma Minurso” y le golpeaban más.
Jaafar les dijo que no era separatista, que para separarse de algo hay que haber estado unido alguna vez. Y que el Sahara nunca había formado parte de Marruecos.
Estas contestaciones de Jaafar a los gendarmes pueden sorprender, en una situación tan dura, pero Jaafar me dice que era todo tal sinrazón que le daba igual, quería morirse. No soportaba más, tenía dolor en el pecho, en el estómago, en la espalda, en la cara. Quería combatir la violencia con la verdad, con la razón.
“Yo estoy contra el expolio”. Más golpes. El expolio -algo así como “nahb” en árabe- es una palabra tabú para Marruecos. Está censurada.
Le hicieron firmar papeles que ni sabía lo que eran. Le pusieron la huella sobre el papel. Él intentaba tachar la declaración, pero le seguían pegando.
Le llevaron al hospital donde le cosieron los puntos de las heridas en la cabeza. Y le volvieron a traer al calabozo donde pidieron que su familia le trajese ropa para presentarse ante el juez porque así no podía ir.
El informe médico: en un papel de notas un gendarme apunta: un golpe en la cabeza, un golpe en la ceja, y se lo mete en el bolsillo.
Por la mañana cambiaron de grupo. Estos aparecían muy joviales y simpáticos.  “¿Quién te ha hecho esto?” “Vuestros compañeros”. “No, no tienes que decir eso. No va a servir de nada”. Le decían “Hay que dejar la política. La política la manejan unos y luego sois la pobre gente los que pagáis el pato”.
Le insistieron una y mil veces para que no dijera nada ante el juez de lo que le habían hecho, por la cuenta que le traía. Un policía con muchos galones le dijo: “Como te pongas con los activistas, habrá consecuencias, que tu tío sabe lo que hay”. Se lo repitió con mucha intención, como dejándole pensar todas las posibilidades de represalia. “Te lo digo tres veces y no te lo digo más”.
Ante el juez, Jaafar lo contó todo. El juez no quería ni escucharle. “No te creo, no va a constar nada”. Jaafar, a pesar de su estado, insistía al juez “no me han leído mis derechos, y ahora que estoy ante el juez, no me quiere oír”.
El juez lo dejó claro “Si quieres que todo vaya bien, no digas que te pegó la gendarmería”. Le amenazó con la Cárcel Negra. Más tarde, cambió un poco y le dijo “mira, vas a salir absuelto, pero no tienes que decir que te pegaron en comisaría”.
Le acababan de regalar un móvil bueno. La gendarmería le devolvió sus dos móviles rotos, machacados con las botas. Se quedaron con sus dos tarjetas de memoria. Previamente, hace unos días, le habían bloqueado el e-mail.

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