lunes, 16 de noviembre de 2015

Bujari Ahmed: La otra rendición de Breda

Se cumplen 40 años del fatídico momento en el que España se retiró del Sáhara Occidental
El 14 de noviembre de 1975 la España de aquel fatídico momento escribió una de las páginas más tristes, a 40 años vista, de su historia moderna. La entrega a toda prisa de un pueblo al matadero en las circunstancias que describe con profusos detalles el profesor José Luis Rodríguez Jiménez en su bien documentando libro (Agonía, Traición, Huida) deja un sentimiento de indignación que fuerza al lector a un largo silencio y a una profunda inhalación de oxígeno. La rendición en toda regla que ante el rey Hassan II exhibe el ministro Solís Ruiz, despachado para esta finalidad a Rabat en calidad de emisario especial del primer ministro Arias Navarro, habría seguramente inspirado a Velázquez para, cambiando los personajes, pintar la antípoda de La rendición de Breda. Cada aniversario de esa fatídica fecha constituye una nueva interpelación a las conciencias dormidas, que se han refugiado voluntariamente en la amnesia histórica, para intentar zafarse así del error propio y del terrible daño ajeno infligido a un pueblo inocente que supo, mal que le pese a algunos, resistir y sobrevivir a una amenaza existencial. La Audiencia Nacional de Madrid considera que la amenaza alcanzó las dimensiones de genocidio.
Más allá de esta constatación irrefutable hasta ahora, el Frente Polisario no puede ni debe interferir o ingerir en las decisiones de política exterior de la España actual, aun sabiéndose que afectan de una manera u otra al derecho del pueblo saharaui, inalienable e imprescriptible, a la libertad e independencia. Es cierto que, inspirados, yo diría motivados, por lo que puede ser calificado de ilusión juvenil, habíamos albergado serias esperanzas en que la España oficial y democrática, consolidada como lo está hoy, orgullosa de su experiencia, poderío y capacidad, habitada por un pueblo generoso y altamente sensible a las injusticias como lo acaba de demostrar con el tema de los refugiados sirios, iría a hacerse una mea culpa y cerrar la herida del Sáhara Occidental, en la dignidad inspiradora de su historia y en conformidad con la legalidad internacional como referencia y escudo de protección.
Nos costó llegar a la conclusión de que eso tal vez nunca ocurrirá y si llega a ocurrir será como el cuento de “después del burro muerto… cebada al rabo”. España parece decirnos con cada Gobierno que asume el poder que no está interesada en la suerte del pueblo saharaui porque, para sus intereses estratégicos de cara a la región, íntimamente ligados a la monarquía marroquí, considera que fue ya sellada por Solís Ruiz en su entrevista con el rey Hassan II en la otra rendición de Breda.
Ahora bien, el futuro de la región del mal llamado Magreb árabe es indisociable de la cuestión del Sáhara Occidental y tarde o temprano, por imperativos relacionados con la seguridad del flanco sur de Europa, España y Francia tendrán que revisar la doctrina derivada de los acuerdos tripartitos de Madrid.
Esta doctrina se basó en la retirada española de lo último que tenía en África a favor de la expansión francesa por medio del expansionismo territorial marroquí, empeñado por cuestiones internas en la búsqueda de la imposición de un sueño imperial que englobaría el Sáhara Occidental, Mauritania y partes de Argelia y Mali. La monarquía marroquí nunca abandonó este designio imperial que se espolea con virulencia en una relación directamente proporcional a las tensiones internas. Anclada en un pasado lejano que nunca existió y que el dictamen de la Corte Internacional de Justicia sobre el Sáhara Occidental y las independencias de Argelia, Mali y Mauritania deberían haber servido como excusa para despertar y desactivar el sueño imperial, la Monarquía, renovada en julio de 1999, no es lamentablemente capaz de ver el futuro con serenidad y confianza, lejos de la locura de un señor atávico llamado Allal el Fassi. De ahí la enorme responsabilidad, primero de Francia y, después, de España, puesto que han estado activando y dando riendas sueltas a un irredentismo territorial que no ha dejado desde 1956 que la paz, la estabilidad y la cooperación regionales se establezcan sobre una base justa y sólida.
Han pasado 40 años y el intento marroquí de borrar del mapa al pueblo saharaui y forzar la mano de la comunidad internacional ha mostrado sus límites. Ha llegado pues la hora de revisar lo que se hizo mal, antes de que las cosas se salgan de control. El secretario general de la ONU acaba de decir que la propuesta marroquí de negociar únicamente los detalles de “una autonomía” para el territorio que ocupa ilegalmente, no conduce a la solución negociada que el Consejo de Seguridad quería y que, por ende y como consecuencia, solicita a las dos partes, el Frente Polisario y Marruecos, entablar negociaciones dignas de ese nombre, serias y sin precondiciones con el propósito de lograr una solución justa que garantice el derecho del pueblo saharaui a la autodeterminación.
Este llamamiento se hace en vísperas de la reunión próxima del Consejo de Seguridad, prevista para abril de 2016. Mucho queda por hacer antes que servirá para medir hasta qué punto estas dos potencias, miembros del grupo de “amigos” del Sáhara Occidental, están dispuestas a ayudar en el inicio de esas negociaciones a las que ha llamado Ban Ki Moon.
Evidentemente, no hay indicios de que lo vayan a hacer, según los elementos de información que disponemos. No obstante, resultaría difícil mantener la coherencia si de un lado se incentivan todos los esfuerzos en curso para restablecer la estabilidad y seguridad regional en el Sahel y en el Medio Oriente y, de otro, se otorga a Marruecos los medios financieros y diplomáticos necesarios para no solo seguir oprimiendo a un pueblo en su propia tierra, sino también para seguir desestabilizando la región del Magreb. Es en la ecuación de la seguridad regional donde el rol actual y futuro de la RASD ha de servir a las conciencias dormidas como referencia complementaria para afrontar el problema desde otro ángulo insoslayable. Es gracias a las fuerzas saharauis y mauritanas, bien entrenadas en escenarios llanos y desérticos, que a Marruecos no llega ninguna amenaza proveniente del Sahel. Y es gracias a Argelia que no le alcanzan amenazas directas derivadas de la peligrosa desestabilización que tiene lugar en Libia. Le llega de Argelia no solo protección de sus fronteras, sino también gas natural. Sin embargo, Marruecos ha logrado vender a algunas capitales occidentales que el resultado del sudor ajeno es producto de su esfuerzo propio y, como es sabido, responde con el envío de toneladas de hashish a lo largo del muro en el Sahara Occidental y de la frontera argelina.
La alternativa al desbocamiento marroquí existe y es factible. La paz sobre la base de la legalidad internacional para resolver el último caso colonial que afecta a África es posible y sus dividendos para todos, incluido Marruecos, son inconmensurables. Solo hace falta voluntad política. Costará en un principio, como la inyección de penicilina en el glúteo de un niño, pero es el precio para salvarlo de males mayores. Estas perspectivas y el 40 aniversario de la otra rendición de Breda de 14 de noviembre de 1975 son una nueva interpelación a las conciencias voluntariamente dormidas.
Bujari Ahmed, intelectual y representante del Frente Polisario ante la ONU.

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