jueves, 25 de junio de 2015

Helio Ayala presenta la novela "Arena entre los pies"

Helio Ayala Díaz  y El Centro Canario Estudios Caribeños -El Atlántico-​, tienen el placer de invitarles a la presentación de la novela "Arena entre los pies".
Casa de la Cultura "Saro Bolaños" Vecindario, Gran Canaria.26 de junio de 2015 a las 20:00 horas
Una novela cargada de sentimientos. La historia del pueblo saharaui desde el relato de un gran amor. Un homenaje a los miles de activistas y personas que defendieron, y defienden, la dignidad, la libertad y la justicia de los pueblos.
Antonio Santana, un joven estudiante de magisterio, tras viajar a los campamentos de refugiados de Tinduf se entrega a la causa saharaui, al tiempo que se enamora de Aisha.
De modo paralelo a esta historia de amor, camina un pueblo que se niega a morir en el abandono y el olvido, luchando desde la resistencia pacífica por lograr un futuro en libertad.
Con el paso de los acontecimientos, los mundos de Antonio y Aisha se van separando, aunque una llama más fuerte, incluso que el amor, va a estremecer sus vidas. Sin quererlo, se van a convertir en catalizadores de un sueño que, quizás, hará posible el retorno de los saharauis a la tierra que les arrebataron.
La novela pretende recordar y hacer visible uno de los  conflictos más ignorados por la comunidad internacional, reivindicar la necesidad de su resolución definitiva, y rendir un homenaje a los miles de activistas y personas que defendieron, y defienden, la dignidad, la libertad y la justicia de los pueblos.

Lee el primer capítulo de la novela de Helio Ayala
Bruselas. Abril de 2016
Sonó el teléfono. Descolgué distraído mientras trataba de seguir leyendo el informe que tenía delante.
—¿Sí, dígame?
—Salam aleikum, Antonio. Soy Omar Saleck.
—¡Omar! ¿Cómo estás? ¿Va todo bien?
—La-bas, la-bas, Antonio. ¿Y tú, bien?
—Sí, sí, trabajando, como siempre.
—Mira Antonio, tengo que decirte –hizo una pausa para tragar saliva–, que Aisha murió anoche…
—¿Antonio, estás ahí? –insistió.
—Sí –le contesté, mientras una grieta se abría en mi interior.
—Antonio, debes venir, tu hijo y tu hija te necesitan, aquí, ahora.
—Ya. Intentaré ir lo más pronto posible.
No me extrañó y, sin embargo, nunca me había preparado lo suficiente para encajar aquella noticia. Los dos nos habíamos jugado la vida en alguna ocasión, casi siempre con la seguridad de que nunca seríamos blanco de ninguna bala perdida del destino. Pero, allí estaba, incrustada justo en medio del pecho, y dolía a morir.
No me sería fácil dejarlo todo ahora y viajar hasta Argelia. El trabajo en Bruselas se había convertido en una dulce esclavitud desde hacía ya dos años.
Al principio pensé que se podrían lograr cosas. Me dije a mí mismo que era en esos fogones donde había que cocinar un cambio de menú para el mundo y para el Sáhara. Pero lo que más había cambiado eran mis hábitos alimenticios, mi ritmo de vida –que ya no me pertenecía–, y mi cuenta bancaria, lo único que había engordado.
Aquella llamada me devolvía a la realidad, o más bien, a los sueños de un pasado casi novelesco del que no sabía cuándo había despertado. Me quedé absorto, con las manos apoyadas en la barbilla y la mirada perdida en ese pasado, que regresó con olor a té verde y aroma de mujer.
Durante el almuerzo hice algunas gestiones con el fin de acelerar el viaje a los campamentos. Anulé algunas reuniones que tenía pendientes esa semana. Llamé a Clara para que organizara los billetes hacia Argel y luego a Tinduf, no antes del jueves, ya que el miércoles tenía que asistir al pleno. No sabía el tiempo que podría estar allí, así que le dije que no comprara billete de vuelta, pero que estuviera atenta a los vuelos de final de mes. Le avisaría desde allí, para que me cerrara el regreso.
Llamé a Ahmed. Como de costumbre, nadie contestó.
La tarde transcurrió entre dos reuniones tediosas y las explicaciones, a los compañeros de bancada y secretarios técnicos, de la necesidad de ausentarme unos días. Ya en el hotel, frente a una pizza recalentada y un vaso de leche, me pregunté qué era lo que debía sentir por ella, por mis hijos, por aquel pueblo que en otro tiempo me removió las entrañas. Estaba más que perdido. Tremendamente solo y vacío.
Antes de entrar al plenario del miércoles le escribí un mensaje al móvil: «Sé q estás enfadado conmigo, seguro q ahora +. Salgo mañana para allá. Necesitan algo?» Un rato después noté vibrar el teléfono. Lo saqué y leí: «Nada para mí, trae medicinas para la abuela».
No tenía tiempo de pasar por casa. Ni siquiera sabía ya dónde estaba, si en Canarias, en Madrid, en Bruselas. Tenía mis cosas y mi vida tan repartida que al despertar, en muchas ocasiones, no adivinaba dónde estaba. Así es que, tras el pleno, me fui a comprar una mochila, algo de ropa cómoda, medicinas y algunas golosinas para los más pequeños.
Cogí el vuelo de las 9:00 a Madrid. El tránsito en Barajas sería breve, a las 13:30 embarcaría rumbo a Argel. Allí, tendría que esperar hasta la mañana siguiente para tomar un vuelo regular a Tinduf. Llegaría el viernes a media mañana.

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