domingo, 20 de septiembre de 2015

Fronteras de alambre, por Javier Perote #Todosconlosrefugiados

Foto: Venezuela hoy
Sin Acritud… Javier Perote (18/9/2015)
Llegaron en patera. Al principio eran pocos, después más, luego cientos, luego miles. Revolucionaban la playa donde llegaban. Siguen llegando, pero ya no crean alarma ni impresionan; la gente se ha acostumbrado.  Los cadáveres, a veces niños, flotando en la orilla en la misma playa  a la que por escasos metros no han podido llegar, ya no conmueven.
Les han cerrado el paso con una verja  metálica llena de púas cortantes como navajas de afeitar, y se han  encaramado a ella. Algunos escalan con garfios en las manos como trepaban por la jarcia los piratas de los buques cuando iban al abordaje. Ahora cuelgan de la concertina como racimos de sombras oscuras y piel resbaladiza donde se mezcla el sudor aceitoso y la sangre de sus manos heridas. Desde la altura, sus ojos negros otean incansables el resquicio por donde colarse al paraíso, fugaces como peces asustados.
Pero el mar está ahí y hay que pasarlo y el peaje del mar es cruel y muy caro. Todos hemos llorado al ver las fotos. Pero hay más: el paisaje enmudece cuando aparecen las vías del tren; crean inquietud, sobrecogen. Son vías  tristes, solitarias, llena de rastrojos y abandono. Vías de ida, no de vuelta. Vías tendidas por donde rodaron vagones de ganado cargados de tragedia con las puertas cerradas por fuera. No son negros, pero como si lo fueran. No son judíos ni gitanos; no quedan. Llegan andando, descalzos con los pies doloridos y el miedo en los ojos. Van dejando un reguero de abandonos. Nada les queda; en el camino les agreden, han perdido todo. Con gases y mangueras de agua a presión los expulsan de todas partes. Europa levanta alambradas, estira concertinas, cierra fronteras. Los hornos secretos volverán a echar humo.
Polizeis con porras, gordos y fuertes con el cráneo pelado como soldados americanos, les cortan el paso. Cumplen órdenes como hace setenta años: el trabajo os hará libres.
Y mostraré prodigios arriba en el cielo y señales abajo en la tierra: sangre, fuego y columnas de humo (Hechos, 2.19).

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