miércoles, 28 de octubre de 2015

#SOSSAHARA El Sáhara se ahoga. Carne Cruda

Foto: Carlos Cristóbal
En uno de los lugares más secos del planeta, las lluvias torrenciales han arrasado los campos de refugiados saharauis. 25.000 personas se han quedado sin hogar, 90.000 están afectadas, pero apenas ha salido en las noticias ni se ha organizado una campaña global solidaria. Es como si un torrente de agua los hubiera borrado del mapa.
Desde el cielo es un océano de arena que te golpea en cuanto bajas del avión. En tierra, ráfagas de viento incandescente y arenisca te acribillan los ojos y la piel que el turbante deja al descubierto. La boca y la garganta se resecan al respirar el aire abrasador. El agua que bebes se transforma de inmediato en sudor que gotea por tu espalda y se evapora dejando un cerco de sal en la orilla de tu frente. De camino a los campos de refugiados sarahauis, la carretera está amurallada por bancales de arena en los que se acumulan los plásticos, las latas y otras basuras inorgánicas que el viento arrastra por los interminables kilómetros del Sáhara. Uno espera ver el desierto de preciosas dunas doradas de las películas, pero en este rincón del extremo suroeste de Argelia, no es más que un pedregal árido y arisco donde una boca de fuego te escupe a la cara.
Los jeeps y autobuses se arrastran renqueando con la dificultad de un viejo, tosiendo calor por los tubos de escape y parando a cada tanto para dejar descansar a los motores, tan asfixiados como los pasajeros. En pocos minutos dejas atrás los últimos rastros de civilización y te adentras en una carretera al infinito que pronto se convierte en camino rocoso por el que los vehículos avanzan dando tumbos como una comitiva de elefantes. El polvo apenas deja ver a través de las ventanas pero el viaje parece conducir a ninguna parte. Al fin del mundo. Incluso más allá. Al vertedero de la Tierra. Allí donde la vida es sólo una forma de supervivencia angustiosa, donde vivir es casi imposible si no eres un escorpión, un escarabajo o un saharaui. Casi parece más fácil que la vida salga adelante en Marte que en este planeta rojo al que han sido expulsados los exiliados del Sáhara Occidental.
La Hamada lo llaman, la parte más infernal del infierno. Hamada, una onomatopeya que expresa cuando algo quema. Cuarenta años llevan quemándose los saharauis en el horno más inhóspito de la Tierra al que tuvieron que escapar huyendo del genocidio de Marruecos y abandonados a su desventura por el gobierno español que dos días antes los llamaba ciudadanos y desde entonces les ha dado la espalda para no molestar al amigo marroquí. Cuarenta años, varias generaciones perdidas, abuelos, padres, ahora sus hijos, esperando, entre la miseria y la ayuda humanitaria, a que se haga justicia y les devuelvan el país que les robaron. Cuarenta años de falsas promesas, bloqueos de Francia en Naciones Unidas, represión, torturas y asesinatos de Marruecos y el intolerable olvido de España. Cuarenta años de resistencia en mitad de la nada sin más apoyo que la solidaridad de los pueblos frente a la indiferencia de sus gobiernos.
Y ahora esto: en uno de los lugares más secos del planeta, las lluvias torrenciales que han caído durante días, han arrasado los campos de refugiados dejando a 25.000 personas sin hogar y a más de 90.000 afectadas. Las reservas de agua potable y comida escasean. Los generadores fallan. Los riesgos de enfermedades aumentan. Escuelas, hospitales, tiendas, lugares de trabajo, han sido destruidos. Cuando construyes casuchas sin medios y jaimas de nómadas con la intención de regresar pronto a casa, el agua puede devastar en un día lo que ha aguantado durante décadas. El desastre es tan colosal como ignorado. El Sáhara está exiliado también de las noticias, por lo que no ha habido ni una campaña global de ayuda. Al menos a los refugiados que se agolpan a las puertas de Europa, les vemos helarse de frío bajo la lluvia, lo que obliga a una respuesta de nuestros gobiernos, aunque sea insuficiente y patética.
Pero quién ve a los refugiados más invisibles y longevos de la Historia. Llevan tanto tiempo olvidados que al mundo le falla la poca memoria que tenía. Los saharauis no son ni siquiera como los palestinos. Casi nadie sabe de su existencia, casi nadie tampoco que son un pueblo partido en dos por el muro más largo del planeta después de la muralla china, el que separa el Sáhara Occidental y su mar de esta lengua salida del infierno que les abrasa. A ningún país le interesa meterse con Marruecos para resolver el problema. Están en la esquina del mundo, en una tierra prestada, donde no molestan ni hay nada que nadie quiera. Es como si un torrente de lluvia los hubiera borrado del mapa.
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